Estaba solo, circulaba solo, miraba al suelo. Se podría decir de él que era ella, por ejemplo, o que tenía una mirada que en realidad era un no mirar a nada, o que se buscaba en los bolsillos cinco duros para una bolsa de pipas que no podría ni comer ni comprar porque ya con los duros no se compra nada. Él andaba, como un péndulo, con los bolsillos llenos de dedos, con los dedos llenos de uñas que arañan el muslo atravesando el forro, para sentir que aún seguía vivo. Andar es también sentirse vivo, además de que duele menos, pero tenia rabia y no quería oír más opciones. La rabia se muerde. La rabia es tan explosiva que cuando cesa sólo deja en el alma melancolía. La rabia no se puede mantener en el punto álgido mucho tiempo, por eso no suele servir para nada. Él no lo sabe porque cuando se dé cuenta ya estará deprimido, como un cesto de ropa sucia.
No sabe cómo ha llegado hasta ahí, apretando sus dedos contra su muslo, caminando sin rumbo, respirando bruma, constatando que todo se desploma porque no hay nadie que sostenga nada. Si aún tuviera enemigos, piensa, pero es tan insignificante que nadie quiere serlo de él. Le despidió ayer una persona que ni le conoce. Incluso le deseó buena suerte cuando le cerraba la puerta de la oficina a la espalda, con palmadita en el hombro incluida.
Buena suerte, ya verás cómo es para bien, le dijo, y cerró la puerta suave como lo hacen los santos laicos. Un súbito santo laico. Un hombre comprometido con el hombre. Un mentiroso y un farsante. Podría odiarle, pero el odiado santo laico nunca se daría por aludido: ni espera que alguien le odie ni llegado el caso, le importa. Comería feliz su paella de los domingos creyendo que todo es perfecto. Él es un triunfador y nadie va a apartarlo de su camino de éxito porque para eso se inventó pisar cabezas, apuñalar, conspirar, traicionar. No se puede triunfar de otro modo porque si titubeas en despeñar al de al lado otro te lanzará abismo abajo a ti, por dudar.
Quien le ha despedido apadrina niños en países lejanos y deja monedas de cobre en los platos de los pobres que piden por las aceras. Le admiran las madres y los abuelos por ello. Él no quiere monedas que no entren en los parquímetros. Eso es todo.
Nuestro él, que quizá sea ella, no tiene admiradores ni detractores. No tiene nada. Está solo y camina. La sensación de desamparo, de agonía social, de absoluta inestabilidad vital le están haciendo que se maree. En el muslo tiene sangre, seguro. Y ya se ha roto tres uñas de apretarse tanto. El dolor le mantiene alerta. Lo necesita para no desorientarse y dejarse arrastrar por la riada tumbado en el césped.
Todo el mundo es bueno te dicen, todos somos seres maravillosos. Todos somos comprensibles y solidarios. Mienten. Por eso nos equivocamos cuando al despertar, salimos por primera vez a las calles. La calle está llena de violencia, de rencillas, de malos modos. Todos somos unos completos mentirosos. En las aceras no hay nadie de fiar. Dentro de cada uno de nosotros hay unos ojos que se guardarán en el bolsillo interior cuando pasemos al lado de un problema que no queramos ayudar. Eso en el más benévolo de los casos, cuando no somos nosotros los causantes del cuerpo que se desangra en esa esquina tan transitada.
Te voy a ayudar, dicen que dicen... pero nunca nadie ayuda a nada. No esperes nada de nadie. El mundo está hecho para otros, para los que no necesitan auxilio. Eso es verdad, ¿pero dónde están los desamparados como yo? Tenemos que ser legión, ejercito entero. Si nos encontráramos y nos uniéramos, los bancos de los parques dejarían de ser un cementerio.
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| Edvuard Munch - El grito |

